El ruido de los pájaros en la ventana le despertó. El sabor
a vomito en la boca fue lo primero que noto. No le extraño, desde hacía un mes,
todas sus mañanas eran iguales. A pesar de la fuerte migraña que sufría, tentó
a abrir los ojos. A su alrededor, la mugrienta habitación de motel, comenzó a
tomar forma. A tientas buscó la caja de cigarrillos que él sabía que estaba en
la mesilla. Cogió uno y lo encendió. La primera calada le resultó
revitalizante. El ansia de fumarlo disminuía con cada nuevo trago de humo.
Contemplo durante un rato el humo subiendo, trazando figuras que parecían bailar
y desaparecer al tocar el techo de la habitación. Al mirar alrededor, observó
todo el desastre de la noche anterior. Botellas tiradas, vomito en una esquina,
una silla rota y una marca de quemado en una de las paredes, lo que le costaría
más alquiler. Renegándose a encontrar los recuerdos de la noche anterior en la
memoria, intento levantarse. Pero pronto, notó que una ola de ansia y deseo le envolvía
nada más poner el primer pie en el suelo. Rápidamente, se puso a buscar el
objeto de su deseo. Debajo de la cama, en la alfombra, tras los restos de la
silla, en el baño, pero no lo encontraba. Empezando a desesperarse lo revolvió
todo como un animal. Tras siete minutos de búsqueda y sudores fríos, al fin lo
encontró. Debajo de la camiseta que llevaba la noche anterior, estaba la
pequeña bolsa. Tambaleándose hacia la cama de nuevo, recogió los materiales para
su pequeño vicio. Lo colocó todo de forma ordenada sobre la bandeja que no tenía
otra finalidad que aquella. Coloco el material encima de la cuchara. Mientras
se calentaba, empezó a imaginar cómo sería aquella vez. Casi siempre era igual
pero alguna vez le había sorprendido con un efecto mucho mejor del que se
esperaba. Tras absorberlo todo con la jeringuilla, se anudo el brazo. Esa era
la parte que menos le gustaba. El brazo le recordaba a sí mismo, indefenso,
atrapado ante un cinturón que no era otro que la debilidad, la debilidad ante
una droga que le había quitado todo, desde el empleo, hasta su familia. Una
droga que le había hecho robar y engañar simplemente para poder conseguir un poco
más. Una droga que había hecho de él un vago borrón de lo que era antes, un muñón
humano desesperado por otro chute. Al notar la vena del brazo y aglomerando
todos esos pensamientos una vez más en la cabeza, juntos en una pelota, se
pinchó. A medida que la mezcla bajaba por la jeringa hasta su cuerpo, a formar
parte de él y esa maravillosa sensación se apoderaba de él otra vez, disfrutó
de la mejor parte de aquello: notar como esa pelota de preocupaciones, desaparecía
durante un tiempo, dejándole solo, aislado de la realidad, notando como el
ruido de los pájaros hacia eco en su cabeza.