miércoles, 21 de marzo de 2012

NOCHE


Odiaba conducir de noche. Lo aborrecía. Nunca le había gustado. La gente de noche se comporta de maneras de las que nadie se puede fiar. Bien lo sabía ella. Más de una vez había tenido que lidiar con algún borracho o colgado al que la noche le vuelve completamente salvaje. Aun así, era necesario conducir. Mientras le daba pequeños sorbos al café que apoyaba en el asiento del copiloto, dejó que su mente vagara. Le encantaba abstraerse. Últimamente pensaba mucho en su niñez. No había sido una infancia difícil. Tenía una familia que la quería e incluso ese perro cariñoso con el que muchas niñas de 10 años sueñan. En el colegio tenía amigas e incluso, conforme avanzaron los años, llegó a echarse novio formal. Pensó en su viaje de fin de curso y en las lágrimas que derramaban todas las amigas al pensar que no volverían a verse. Mantendremos el contacto, decían. Mentira. Todo. Nunca volvió a saber de ellas. La verdad es que se preguntaba como habrían acabado sus compañeros de instituto. Si alguno habrá salido a adelante y habrá cumplido sus sueños. El pitido de un coche al pasar a su lado la saca del trance y se obliga a beber más café. Esta noche será larga.
Mientras acaricia la foto de su hija que lleva en el salpicadero también piensa en ella. Se despidió de ella hará una hora escasa. Un suave beso en su frente. Todo esto lo hacía por ella. Todo. Ella era su sostén. Su alegría contagiosa, sus ojitos azules y su cabello castaño. La verdad es que era una niña muy guapa. Volvió a abstraerse esta vez pensando en su padre. La verdad es que ella le amaba. Mucho. Todavía seguía amándole. Pero se precipitaron. Ambos lo sabían. Nadie se casa tan temprano ni siquiera por amor, pero no les importaba. Saldremos adelante decían. Mentira. Todo. Tan pronto él se hartó de ella, ella también se hartó de él. Se quedó sola con una niña de un año, mientras él, por lo último que había oído se dio a la bebida. Aunque tampoco la sorprendía. Ya era un bebedor en la universidad. La universidad. Casi parecía que había sido ayer. Allí donde te prometían un trabajo prometedor y una formación. Mentira. Todo. Por eso se veía obligada a conducir a las doce de la noche.
Entró al aparcamiento de la parte de atrás. El de delante es para los clientes, decía siempre el jefe. Una vez, recordó, una compañera nueva aparcó en el de delante y el jefe se enfadó mucho. La dejó sin sueldo durante un mes. A nadie le pareció justo, ya que era nueva, pero nadie protestó.  El ruido del motor al apagarse es débil. Este coche no durará mucho, se dijo. Salió del coche tapándose con el abrigo. Hacía mucho frio fuera. Mucho. Llamó a la puerta y el portero le abrió. Entró y pasó a dejar sus cosas en la taquilla. Su jefe se asomó por el marco de la puerta y le dijo que se diera prisa. Mientras se ponía el uniforme, dejó que su mente volviera a vagar. Esta vez pensaba en sus padres. Hacía mucho que no hablaba con ellos. Ni siquiera conocían a su nieta. Los abandonó para irse con él y no había vuelto a mantener el contacto con ellos. Y ya hacía 6 años de aquello. Puede que incluso estuvieran muertos. Se obligó a apartar ese pensamiento de la cabeza y encendió un pitillo. El sabor del humo le sacó del trance del todo. Mientras terminaba de vestirse, miraba como las volutas de humo se elevaban con unos movimientos que bien podrían ser de una danza exótica. Algo tan bello y tan dañino. Se le escapaba de la cabeza. A menudo lo bello y hermoso es lo que más daño hace. Que se lo digan a ella. Miró el reloj. Le quedaban 10 minutos. Se miró en el espejo. Todo esto lo haces por ella, se repitió. Por su futuro.
Mientras se colocaba en el umbral de la puerta de salida repasó todo lo que había pensado esa noche. El colegio, sus amigas, él, su hija y sus padres. Ahora se veía ajena a todo eso. Era una simple sombra. Al oír su nombre anunciado tomó aire y atravesó la puerta. Y mientras se agarraba a la barra e iniciaba el baile que hacia todas las noches y observaba a aquellos ojos lujuriosos que como estrellas la observaban, alejó todo pensamiento y se dejó llevar.

jueves, 15 de marzo de 2012

CINCO


Isaac se despertó con el sonido de su ruidoso despertador como cada mañana. Como cada mañana se levantó, se lavó y fue a la cocina. Como cada mañana se calentó el café barato que su sueldo le permitía comprar y cogió cinco galletas para desayunar. Después como cada mañana se lavo los dientes por orden de derecha a izquierda y se vistió con aquel traje gris y esa corbata negra que se ponía todas las mañanas. Tras este ritual tedioso y repetitivo que dominaba su vida, salió de casa. El ascensor se paró en el quinto piso y subió la vecina. La vecina. Iba con un vestido rojo impresionante, con un escote que era imposible dejar de mirar. Olía a vainilla y sus labios tenían un color carmín como si hubiera desayunado sangre. Le saludó con un tímido hola y sepuso a mirarse en el espejo. Isaac la miraba atónito. Se imagino a si mismo cogiéndola de la cintura y besándola apasionadamente, acariciando su pelo rubio y sus delicados pechos.  El pitido del ascensor le saco de su fantasía. Le abrió la puerta como un caballero y ella le dedico una juguetona sonrisa. Esa sonrisa le golpeó como una ola de agua helada. Se quedo mirándola aturdido mientras ella salía del edificio. ¿Qué significaba esa sonrisa? ¿A cuento de qué venia? Él no tenía mucha experiencia con mujeres pero estaba seguro de que esa sonrisa significaba algo. Mientras se agarraba a la argolla del autobús que se zarandeaba calle abajo pensaba en esa sonrisa. Mientras tecleaba en su ordenador las órdenes de las finanzas del día pensaba en esa sonrisa. Mientras comía en la cafetería con sus compañeros pensaba en esa sonrisa. No paraba de darle vueltas. ¿Qué quería ella? ¿Qué debía hacer? Entre la multitud de opciones que se pasaron por su cabeza alfinal optó por la más lógica y sensata. Iría a su apartamento, llamaría a lapuerta y le contaría todo lo que sentía. Si. Sería lo mejor. Tras salir del trabajo estaba más que seguro sobre la opción que había tomado. Durante la vuelta a casa se iba auto convenciendo de que su idea no podía fallar, lo tenía todo a su favor. Al llegar al edificio estaba completamente seguro de sí mismo.Subió por las escaleras de tres en tres escalones, con una felicidad inmensa. Al pasar por su piso no se paró a dejar sus cosas, simplemente siguió subiendo. Finalmente llego a la puerta de su vecina. Tomó aire. Tragó saliva. Y llamó dos veces. Mientras repasaba mentalmente lo que debía decir oyó como se acercaban a la puerta. También oyó como corrían el cerrojo. Por ultimo oyó como giraba el pomo y se abría la puerta. Pero no era su vecina la que estaba en el umbral. No. Era un hombre. Un hombre conocido. Era otro vecino. El del sótano para ser exactos. El gordo,sucio y maleducado vecino del sótano. Era él. En calzoncillos y camiseta interior.El vecino le preguntó qué quería. Isaac no oyó nada. De lejos se oía a su vecina preguntar quién era. Isaac no oyó nada. Isaac cogió su maletín y se dio la vuelta, bajó las escaleras en silencio. Al llegar a su piso, sacó las llaves, abrió la puerta y entró. Nada tenía sentido. Se sentó en la cama y empezó a pensar. ¿Qué había pasado? ¿Por qué? ¿Acaso su vecina estaba jugando con él? No entendía nada. Por más que le daba vueltas, no lo entendía. Durante las dos horas que estuvo en la cama pensando no tuvo éxito en comprender que estaba pasando. Hasta que algo en su cabeza cambió. Es lo mejor, pensó. Fue a la cocina y después salió del apartamento. Mientras subía las escaleras nada le atormentaba. Estaba seguro de lo que iba a hacer. No temía nada. Era perfecto,seguro, sin fisuras. Su cabeza le hablaba, aconsejándole, mimándole, haciéndole ver que tenía razón. No había otra manera. Al llegar al piso de la vecina el frio tacto del cuchillo que escondía en su manga no era sino una leve percepción frente a la cantidad de sentimientos a los que en ese momento hacia frente. Se paró delante de la puerta. Volvió a llamar. Una vez. Un golpe seco. Su vecino volvió a abrir la puerta. El impacto del cuchillo contra su cabeza le sacudióel brazo. Golpeó otra vez, y otra, y otra. Cuando acabó se sintió limpio y fresco a pesar de estar salpicado por flores de sangre. Entró en el piso y cerróla puerta detrás de él. Avanzó por el pasillo hasta la habitación donde provenía la voz. Esa suave voz. Cuando entró en la habitación ella se quedó sorprendida.Cuando vio las manchas carmesís en su camisa y en su cara se quedó más sorprendida. Cuando vio el cuchillo goteante en su mano derecha la sorpresa dio paso a la comprensión y al terror. Gritó. Pero a Isaac no le importaba. Aquello estaba bien. Era bueno.Para ambos. El cuchillo se hundió en su carne como si de mantequilla se tratara. Una vez, y otra, y otra. Al acabar las sabanas parecían un mar rojo donde ella descansaba. Isaac tomó aire. Dejó el cuchillo en el suelo y se dirigió al baño. Se lavó la cara y las manos. Después se dirigió de nuevo a la habitación. Allí, abrió la ventana, y se asomó. El viento fresco de la noche le acaricio. Miró hacia abajo. El vacio parecía llamarle. Se subió al borde la ventana. Echo un último vistazo a la habitación, al cuchillo, a ella. Después se dejó tragar por la oscuridad. El pitido del ascensor le sacó del trance. Al salir del ascensor, él como buen caballero le abrió la puerta a su vecina y ella le dirigió una sonrisa. La sonrisa.

domingo, 11 de marzo de 2012

HISTORIAS

Hace poco descubrí una carpeta en el ordenador que tenía muchas historias que escribí hace algún tiempo y la verdad es que echo de menos escribir así que adaptándome a las nuevas tecnologías empezare a llevar un blog con historias variadas para entretenerme a mi y a los que me lean.