Isaac se despertó con el sonido de su ruidoso despertador como cada mañana. Como cada mañana se levantó, se lavó y fue a la cocina. Como cada mañana se calentó el café barato que su sueldo le permitía comprar y cogió cinco galletas para desayunar. Después como cada mañana se lavo los dientes por orden de derecha a izquierda y se vistió con aquel traje gris y esa corbata negra que se ponía todas las mañanas. Tras este ritual tedioso y repetitivo que dominaba su vida, salió de casa. El ascensor se paró en el quinto piso y subió la vecina. La vecina. Iba con un vestido rojo impresionante, con un escote que era imposible dejar de mirar. Olía a vainilla y sus labios tenían un color carmín como si hubiera desayunado sangre. Le saludó con un tímido hola y sepuso a mirarse en el espejo. Isaac la miraba atónito. Se imagino a si mismo cogiéndola de la cintura y besándola apasionadamente, acariciando su pelo rubio y sus delicados pechos. El pitido del ascensor le saco de su fantasía. Le abrió la puerta como un caballero y ella le dedico una juguetona sonrisa. Esa sonrisa le golpeó como una ola de agua helada. Se quedo mirándola aturdido mientras ella salía del edificio. ¿Qué significaba esa sonrisa? ¿A cuento de qué venia? Él no tenía mucha experiencia con mujeres pero estaba seguro de que esa sonrisa significaba algo. Mientras se agarraba a la argolla del autobús que se zarandeaba calle abajo pensaba en esa sonrisa. Mientras tecleaba en su ordenador las órdenes de las finanzas del día pensaba en esa sonrisa. Mientras comía en la cafetería con sus compañeros pensaba en esa sonrisa. No paraba de darle vueltas. ¿Qué quería ella? ¿Qué debía hacer? Entre la multitud de opciones que se pasaron por su cabeza alfinal optó por la más lógica y sensata. Iría a su apartamento, llamaría a lapuerta y le contaría todo lo que sentía. Si. Sería lo mejor. Tras salir del trabajo estaba más que seguro sobre la opción que había tomado. Durante la vuelta a casa se iba auto convenciendo de que su idea no podía fallar, lo tenía todo a su favor. Al llegar al edificio estaba completamente seguro de sí mismo.Subió por las escaleras de tres en tres escalones, con una felicidad inmensa. Al pasar por su piso no se paró a dejar sus cosas, simplemente siguió subiendo. Finalmente llego a la puerta de su vecina. Tomó aire. Tragó saliva. Y llamó dos veces. Mientras repasaba mentalmente lo que debía decir oyó como se acercaban a la puerta. También oyó como corrían el cerrojo. Por ultimo oyó como giraba el pomo y se abría la puerta. Pero no era su vecina la que estaba en el umbral. No. Era un hombre. Un hombre conocido. Era otro vecino. El del sótano para ser exactos. El gordo,sucio y maleducado vecino del sótano. Era él. En calzoncillos y camiseta interior.El vecino le preguntó qué quería. Isaac no oyó nada. De lejos se oía a su vecina preguntar quién era. Isaac no oyó nada. Isaac cogió su maletín y se dio la vuelta, bajó las escaleras en silencio. Al llegar a su piso, sacó las llaves, abrió la puerta y entró. Nada tenía sentido. Se sentó en la cama y empezó a pensar. ¿Qué había pasado? ¿Por qué? ¿Acaso su vecina estaba jugando con él? No entendía nada. Por más que le daba vueltas, no lo entendía. Durante las dos horas que estuvo en la cama pensando no tuvo éxito en comprender que estaba pasando. Hasta que algo en su cabeza cambió. Es lo mejor, pensó. Fue a la cocina y después salió del apartamento. Mientras subía las escaleras nada le atormentaba. Estaba seguro de lo que iba a hacer. No temía nada. Era perfecto,seguro, sin fisuras. Su cabeza le hablaba, aconsejándole, mimándole, haciéndole ver que tenía razón. No había otra manera. Al llegar al piso de la vecina el frio tacto del cuchillo que escondía en su manga no era sino una leve percepción frente a la cantidad de sentimientos a los que en ese momento hacia frente. Se paró delante de la puerta. Volvió a llamar. Una vez. Un golpe seco. Su vecino volvió a abrir la puerta. El impacto del cuchillo contra su cabeza le sacudióel brazo. Golpeó otra vez, y otra, y otra. Cuando acabó se sintió limpio y fresco a pesar de estar salpicado por flores de sangre. Entró en el piso y cerróla puerta detrás de él. Avanzó por el pasillo hasta la habitación donde provenía la voz. Esa suave voz. Cuando entró en la habitación ella se quedó sorprendida.Cuando vio las manchas carmesís en su camisa y en su cara se quedó más sorprendida. Cuando vio el cuchillo goteante en su mano derecha la sorpresa dio paso a la comprensión y al terror. Gritó. Pero a Isaac no le importaba. Aquello estaba bien. Era bueno.Para ambos. El cuchillo se hundió en su carne como si de mantequilla se tratara. Una vez, y otra, y otra. Al acabar las sabanas parecían un mar rojo donde ella descansaba. Isaac tomó aire. Dejó el cuchillo en el suelo y se dirigió al baño. Se lavó la cara y las manos. Después se dirigió de nuevo a la habitación. Allí, abrió la ventana, y se asomó. El viento fresco de la noche le acaricio. Miró hacia abajo. El vacio parecía llamarle. Se subió al borde la ventana. Echo un último vistazo a la habitación, al cuchillo, a ella. Después se dejó tragar por la oscuridad. El pitido del ascensor le sacó del trance. Al salir del ascensor, él como buen caballero le abrió la puerta a su vecina y ella le dirigió una sonrisa. La sonrisa.
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