Llevaba mirando el reloj 5
minutos seguidos. 23:59:56, 23:59:57, 23:59:58, 23:59:59, 00:00:00. 2 de Agosto
de 2015. Un año. Sonrió. Un año. Un año increíble. Parecía que había sido hace
nada. Recordaba perfectamente todo lo que había pasado hace un año. Los
nervios, las ganas de verla, los mil pensamientos que pasaban por su cabeza
antes de besarla y, sobretodo, el beso. Ese beso. Ese beso por el que tanto
habían luchado. Ese beso que significaba tanto. Ese beso que quedaría
grabado en las cabezas de los dos. Ese beso que se repetiría una y otra vez
durante un año sin parar. El primer beso. Todo lo anterior a aquel beso no
había sido del todo fácil. La indecisión de él, la frustración de ella, la
atracción que se notaba pero no se satisfacía. Pero todo arregló con aquel
primer beso. También recordaba perfectamente lo que siguió al beso. El abrazo.
La sonrisa. La desconexión de todo lo demás. El pensamiento de satisfacción. De
gozo. Todo por saber que aquella chica que ocupaba su cabeza todo el rato
también le tenía a él en la suya. Las primeras palabras de ella que le hicieron
sonreír y darse cuenta de lo bobo que había sido: "Te he odiado
tanto". El abrazo, aun más fuerte que siguió a esas palabras. Después de
eso, cuando ella se fue al baño, él se sintió con ganas de gritarlo a pleno
pulmón. No podía parar de sonreír. Las manos le temblaban al coger la jarra de
cerveza. Pero nada importaba. Se habían besado. El resto era oscuro. Solo ella
brillaba. Las semanas que siguieron a aquel beso fueron geniales. No podían parar
de verse. De besarse. Los mínimos gestos que tenían era increíbles solo por
tenerlos el uno con el otro. Darse las buenas noches. El cómo vas, que tal, y
otras preguntas que demostraban que no podían estar mucho tiempo separados.
Tras esto llegó la primera noche que durmieron juntos. El recordaba los
nervios, la alegría de tumbarse a su lado, las ganas de cubrirla de besos. Con
esa noche juntos llegó lo que tanto tiempo había tenido atascado dentro de él.
En aquel momento sintió que no podía aguantarlo más. Tenía que decirlo. En ello
iba todo lo que sentía por ella, todo lo que ella le provocaba, todo lo que la
deseaba. El primer te quiero. Recordaba también el temblor que le siguió por la
alegría, la emoción de haberlo dicho. Pero era cierto. La quería. La quería
como nunca había querido a nadie. Y sabía que la seguiría queriendo durante
mucho tiempo. Los meses siguieron pasando y, aunque él la lió un par de veces
por ser demasiado obstinado y cerrado a lo que siguió el primer llanto,
siguieron juntos y queriéndose. Con esto llego la primera vez que se tocaron.
Fue de forma natural, nada planeado, simplemente fueron las ganas que se tenían
el uno al otro. Recordaba como ella se estremecía. Como él se maravillaba con
las caras que ella ponía. Como disfrutaron ambos. Para él, la primera vez. Para
ella, la primera vez con él. Para ambos, completamente especial. Recordaba como
su cabeza no paraba después de haber acabado. Como la gente le había dicho
después que iba iluminando la calle con la sonrisa que llevaba encima. Como
empezó a volverse adicto a sus gemidos, a sus olores. Como, cada vez que podían
volvían a hacerlo. Y como, cada vez que lo hacían era genial y único. Pasaban las
semanas y ellos intentaban verse todo lo que podían. A pesar de estar locos el
uno por el otro, tuvieron una pelea. Todo fue porque ambos estaban confundidos.
Para él fue muy difícil lograr decirla lo que sentía, lo que ella le provocaba
y lo que quería darle. Quería darle todo. Quería que fuese ella. No podía
ser nadie más. Y por fin llegó el día. Recordaba los nervios. El temblor. La
torpeza. Pero también la complicidad y el cariño con que ella le trató.
Recordaba todo lo que había sucedido. Cuando acabaron, no había manera de
explicarlo. Solo tenía ganas de abrazarla y no soltarla. De quedarse junto a
ella, tumbados, mirándose, queriéndose. Los meses siguieron pasando. Tuvieron 4
días para ellos solos. 24 horas juntos durante esos 4 días. 4 días de
caricias, de quererse, de miradas de deseo y cariño y de volverse uno siempre
que podían. Empezaron un nuevo año juntos. Un mes después fue el
cumpleaños de ella. Recordaba los nervios para escoger regalo para ella. La
indecisión de que nada era suficiente. También recordaba la ilusión con que la
felicitó. El cariño con que la trato cuando ella estaba mal. El amor que la
tenía. Los días siguieron pasando y el amor entre ambos crecía y crecía. A pesar de la situación en la que estaba
ella, de tristeza y dolor, él no se apartó de su lado. Siguió apoyándola e
intentando estar con ella todo lo que podía. A pesar de que todas las historias
de amor sean muy bonitas y felices todo el rato, en la vida no siempre es así. A
pesar de llevar ya 7 meses juntos, las cosas empezaron a ir mal. Las tonterías que
a él se le pasaron por la cabeza fueron la causa de todo. No era capaz de ver
todo lo que le hacía sentir a ella. Ella, triste, no podía soportar que él
estuviera tan ciego y esto casi les destruye. Pero, el amor que ambos se tenían
al final fue lo que acabó por vencer sobre todas las cosas. Fue difícil y muy
duro para ambos pero lograron salir adelante. Tras esto, volvieron a quererse
como nunca antes, mucho más fuerte y mucho más seguros de que lo que había
entre ellos era genial, único e increíble. Pero aunque todo fuera bien entre
ellos, ella tuvo un duro golpe en su vida. Él no se apartó de su lado, dándole su
apoyo, su amor, todo lo que tenía. Poco a poco, las semanas siguieron pasando y
ambos seguían queriéndose, volviéndose uno, disfrutando uno del otro todo lo
que podían. Poco después llego el cumpleaños de él y ella, con todo el amor que
le tenía le hizo un cuento. Un cuento que relataba el amor de dos seres, de
todo lo que habían pasado, un cuento que a él le fascinó y que leía siempre que
podía y guardaba con todo el cariño del mundo. Las semanas siguieron pasando y,
aunque la época de exámenes se acercaba para ambos, esto no les impedía verse
siempre que podían. Aunque fueran 10 minutos juntos de trayecto en el bus o una
mañana enteros juntos tumbados sin más, todo segundo que vivían el uno al lado
del otro lo disfrutaban al máximo. Con la vista puesta en el tiempo que les
tocaría estar separados durante las vacaciones de verano, aprovecharon para
estar todo el tiempo que pudieran juntos, riendo, disfrutando o simplemente mirándose
tumbados en el suelo sin que nada de alrededor importase. Cuando llegaron las
vacaciones y tuvieron que separarse, fue duro para ambos. Nunca habían estado
tanto tiempo sin verse, sin poder disfrutar de los labios del otro, sin poder
abrazarse ni notarse. A pesar de que la espera fue larga, al fin llegó lo que
ambos deseaban. Iban a pasar 10 días juntos completamente, durmiendo como uno y
viéndose todo lo que podían. El campamento fue increíble. Cruzarse en cada
esquina. Buscarse en cualquier tiempo libre que tuvieran. Tumbarse juntos. Gozar
juntos. Y cada mañana al despertar, mirar al otro y poder levantarse con una
sonrisa que ocupaba toda la cara por haber estado una noche entera acurrucados
juntos. Disfrutaron uno del otro todo lo que pudieron y, de vuelta a Madrid, en
seguida echaron de menos el tenerse para dormir por la noche y verse nada más
abrir los ojos por la mañana. A pesar de que el campamento lo habían deseado
con todas sus fuerzas, el día más esperado se acercaba y la noche anterior,
mientras él contemplaba como el reloj avanzaba hasta las 12 de la noche no
podía parar de sonreír por todos los recuerdos que se agolpaban en su cabeza. Por
la alegría que le causaba haber pasado aquel año increíble junto a la chica a
la que amaba. Por la imagen de ella que seguía en su mente, perfecta. Por todo
lo que la quería y la seguiría queriendo. Por todo lo que les quedaba por pasar
juntos. Por ella. 00:00:00. Era feliz. Completamente feliz.
lunes, 3 de agosto de 2015
domingo, 22 de marzo de 2015
EL RETRATO
Cogió su pincel. Se sentía inspirado. Comenzó como empezó
todo: tímidamente. Apenas unos trazos se asomaron en el lienzo. Unas líneas vagas
que podrían ser cualquier cosa. Pero no lo eran. Siguió contorneando la figura.
Al cabo de un rato, al igual que en la realidad, la idea ya tenía forma. Ya la veía.
Claro que sólo él era capaz de verla en ese esbozo pero iba por buen camino. Sus
siguientes pinceladas se centraron en lo que se centró por primera vez. Sus
labios. Mojó el pincel en un suave rosa y comenzó a dibujar aquellos labios.
Carnosos, humedecidos, perfectos. Los dibujo abiertos, mostrando lo siguiente
que iría a dibujar, su sonrisa. Esa sonrisa que era capaz de iluminar cualquier
sala. Una sonrisa que, con tal de verla una vez al día, daría cualquier cosa. Después
siguió con la nariz. Esa nariz con la que tantas veces había topado al besarla.
La nariz que le gustaba morder y tocar con su propia nariz en un gesto de
cariño. Y por fin, llegó a los ojos. El pincel se deslizó sobre un marrón
oscuro, un marrón profundo. Aunque sabía que ni con todos los intentos del
mundo lograría que su los ojos de su lienzo transmitieran lo que le transmitían
los ojos de ella cuando los miraba, lo intento. Intento que esos ojos le
hicieran sentir la persona más afortunada del mundo por devolverle la mirada.
Intento que esos ojos transmitieran la vida y la energía que transmitían los de
ella. Intento que esos ojos le dieran ganas de dejarse caer en ellos, perderse
en su profundidad y no salir jamás. Pero por supuesto, esos ojos eran
inigualables. Cuando hubo acabado la cara se centro en el pelo. Lo empezó a
pintar, tal vez con un poco de malicia, tal vez como una indirecta, entrenzado.
Aquellas trenzas que tantos suspiros le habían sacado al verlas de lejos.
Aquellas trenzas que tantas veces había deshecho de la pasión que le desataba.
Aquellas trenzas que hacían de su estomago un huracán. Aquellas trenzas. Al acabar
con la cabeza, paso al cuello. Ese cuello infinito y perfecto por el que le
encantaba deslizarse con su boca. Un cuello que pedía a gritos que lo llenasen
de besos y de caricias. Un cuello suave y cálido que se removía juguetón cada
vez que él le provocaba cosquillas. Siguió bajando por su cuerpo dentro de su
cabeza mientras su pincel iba plasmando todas las cosas que no podía ni quería olvidar
de ella. Sus pechos, tan sensibles y tentadores que cada vez que podía los
trataba con el máximo cuidado y cariño. Su tripa, en la cual se había apoyado
más de una vez y había besado a pesar de la de veces que ella repetía que le hacía
cosquillas y parase. Pintó también, el piercing del ombligo, el cual recordaba
con cariño todas las veces que había jugado con él. Siguió bajando y bajando
por sus curvas, hasta llegar entre sus piernas. Con el pulso temblando, como
cada vez que acercaba su mano entre ellas, comenzó a pintar. No era nada
explicito ni nada exagerado. Si hubiera querido pintarlo de la manera que él lo
veía hubiera tenido que utilizar colores que ni siquiera existían para que al
verlo, se pudiera comprender, todo lo que le provocaba. Como al notarlo húmedo
por él, su corazón se aceleraba. Como le encantaba notar los pequeños temblores
que tenia ella cuando la acariciaba ahí. Como, la primera vez que se volvieron
uno, pensó que aquella primera sensación solo podría haberla vivido con ella. Podría
haber pintado todas las experiencias vividas juntos. Pero era imposible de
pintar. Había que vivirlo. Continuó bajando por sus piernas. Esas piernas que
le encantaba acariciar. Esas piernas que, aunque ella pusiera pegas por no
haberse depilado, no quería soltar nunca. Recordó todas las veces que se
sentaron juntos y ella puso una pierna encima de él. Recordó como en verano,
apenas conociéndose el uno al otro, disfrutaba paseando por la pierna hasta
llegar a los pantalones cortos y como, cuando se acababa el invierno y empezaba
a hacer calor, deseaba que volviese a ponerse esos pantalones. Bajó hasta los
pies y ahí, acabó. Se alejó de su obra unos cuantos pasos y la contempló. Ahí estaba.
Ella. Ocupando el lienzo. Por supuesto le faltaban cosas. Le faltaban todos los
besos que habían compartido. Todas las caricias. Todas las risas. Todos los
enfados. Todas las lágrimas. Todas aquellas pequeñas cosas que hacían que no se
fuese de su cabeza nunca. Sonrió. Contempló la sonrisa de su cuadro y su
sonrisa se hizo mayor. Así era como él la veía. Sonriente. Feliz. Sexy. Llena
de vida. Sintió las ganas de seguir contemplando ese cuadro toda la vida.
Contemplarla a ella. No parar de mirarla y sonreír. Pero el cuadro no era ella.
Feliz y deseoso de que ella pudiera verlo y viera todo lo que era ella era para
él se dio la vuelta. Como siempre, su corazón se aceleró al verla dormida en su
cama. Ahí estaba. Apenas cubierta por una sabana. Sonriendo. Se acercó a ella y
la besó. A pesar de estar dormida, le devolvió el beso. Era una cosa que le
volvía completamente loco. Como ella. Sintiéndose completamente realizado se
tumbó junto a ella. Ella se acurrucó a su lado y le abrazó. Él la devolvió el
abrazo y la contempló una última vez antes de cerrar los ojos y ver, ahora sí,
en su total esplendor, su retrato de ella en la cabeza. Perfecta. Única. Suya.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)