lunes, 3 de agosto de 2015

EL AÑO

Llevaba mirando el reloj 5 minutos seguidos. 23:59:56, 23:59:57, 23:59:58, 23:59:59, 00:00:00. 2 de Agosto de 2015. Un año. Sonrió. Un año. Un año increíble. Parecía que había sido hace nada. Recordaba perfectamente todo lo que había pasado hace un año. Los nervios, las ganas de verla, los mil pensamientos que pasaban por su cabeza antes de besarla y, sobretodo, el beso. Ese beso. Ese beso por el que tanto habían luchado. Ese beso que  significaba tanto. Ese beso que quedaría grabado en las cabezas de los dos. Ese beso que se repetiría una y otra vez durante un año sin parar. El primer beso. Todo lo anterior a aquel beso no había sido del todo fácil. La indecisión de él, la frustración de ella, la atracción que se notaba pero no se satisfacía. Pero todo arregló con aquel primer beso. También recordaba perfectamente lo que siguió al beso. El abrazo. La sonrisa. La desconexión de todo lo demás. El pensamiento de satisfacción. De gozo. Todo por saber que aquella chica que ocupaba su cabeza todo el rato también le tenía a él en la suya. Las primeras palabras de ella que le hicieron sonreír y darse cuenta de lo bobo que había sido: "Te he odiado tanto". El abrazo, aun más fuerte que siguió a esas palabras. Después de eso, cuando ella se fue al baño, él se sintió con ganas de gritarlo a pleno pulmón. No podía parar de sonreír. Las manos le temblaban al coger la jarra de cerveza. Pero nada importaba. Se habían besado. El resto era oscuro. Solo ella brillaba. Las semanas que siguieron a aquel beso fueron geniales. No podían parar de verse. De besarse. Los mínimos gestos que tenían era increíbles solo por tenerlos el uno con el otro. Darse las buenas noches. El cómo vas, que tal, y otras preguntas que demostraban que no podían estar mucho tiempo separados. Tras esto llegó la primera noche que durmieron juntos. El recordaba los nervios, la alegría de tumbarse a su lado, las ganas de cubrirla de besos. Con esa noche juntos llegó lo que tanto tiempo había tenido atascado dentro de él. En aquel momento sintió que no podía aguantarlo más. Tenía que decirlo. En ello iba todo lo que sentía por ella, todo lo que ella le provocaba, todo lo que la deseaba. El primer te quiero. Recordaba también el temblor que le siguió por la alegría, la emoción de haberlo dicho. Pero era cierto. La quería. La quería como nunca había querido a nadie. Y sabía que la seguiría queriendo durante mucho tiempo. Los meses siguieron pasando y, aunque él la lió un par de veces por ser demasiado obstinado y cerrado a lo que siguió el primer llanto, siguieron juntos y queriéndose. Con esto llego la primera vez que se tocaron. Fue de forma natural, nada planeado, simplemente fueron las ganas que se tenían el uno al otro. Recordaba como ella se estremecía. Como él se maravillaba con las caras que ella ponía. Como disfrutaron ambos. Para él, la primera vez. Para ella, la primera vez con él. Para ambos, completamente especial. Recordaba como su cabeza no paraba después de haber acabado. Como la gente le había dicho después que iba iluminando la calle con la sonrisa que llevaba encima. Como empezó a volverse adicto a sus gemidos, a sus olores. Como, cada vez que podían volvían a hacerlo. Y como, cada vez que lo hacían era genial y único. Pasaban las semanas y ellos intentaban verse todo lo que podían. A pesar de estar locos el uno por el otro, tuvieron una pelea. Todo fue porque ambos estaban confundidos. Para él fue muy difícil lograr decirla lo que sentía, lo que ella le provocaba y lo que quería darle. Quería darle todo. Quería que fuese ella. No podía  ser nadie más. Y por fin llegó el día. Recordaba los nervios. El temblor. La torpeza. Pero también la complicidad y el cariño con que ella le trató. Recordaba todo lo que había sucedido. Cuando acabaron, no había manera de explicarlo. Solo tenía ganas de abrazarla y no soltarla. De quedarse junto a ella, tumbados, mirándose, queriéndose. Los meses siguieron pasando. Tuvieron 4 días para ellos solos. 24 horas juntos durante esos  4 días. 4 días de caricias, de quererse, de miradas de deseo y cariño y de volverse uno siempre que podían.  Empezaron un nuevo año juntos. Un mes después fue el cumpleaños de ella. Recordaba los nervios para escoger regalo para ella. La indecisión de que nada era suficiente. También recordaba la ilusión con que la felicitó. El cariño con que la trato cuando ella estaba mal. El amor que la tenía. Los días siguieron pasando y el amor entre ambos crecía y crecía.  A pesar de la situación en la que estaba ella, de tristeza y dolor, él no se apartó de su lado. Siguió apoyándola e intentando estar con ella todo lo que podía. A pesar de que todas las historias de amor sean muy bonitas y felices todo el rato, en la vida no siempre es así. A pesar de llevar ya 7 meses juntos, las cosas empezaron a ir mal. Las tonterías que a él se le pasaron por la cabeza fueron la causa de todo. No era capaz de ver todo lo que le hacía sentir a ella. Ella, triste, no podía soportar que él estuviera tan ciego y esto casi les destruye. Pero, el amor que ambos se tenían al final fue lo que acabó por vencer sobre todas las cosas. Fue difícil y muy duro para ambos pero lograron salir adelante. Tras esto, volvieron a quererse como nunca antes, mucho más fuerte y mucho más seguros de que lo que había entre ellos era genial, único e increíble. Pero aunque todo fuera bien entre ellos, ella tuvo un duro golpe en su vida. Él no se apartó de su lado, dándole su apoyo, su amor, todo lo que tenía. Poco a poco, las semanas siguieron pasando y ambos seguían queriéndose, volviéndose uno, disfrutando uno del otro todo lo que podían. Poco después llego el cumpleaños de él y ella, con todo el amor que le tenía le hizo un cuento. Un cuento que relataba el amor de dos seres, de todo lo que habían pasado, un cuento que a él le fascinó y que leía siempre que podía y guardaba con todo el cariño del mundo. Las semanas siguieron pasando y, aunque la época de exámenes se acercaba para ambos, esto no les impedía verse siempre que podían. Aunque fueran 10 minutos juntos de trayecto en el bus o una mañana enteros juntos tumbados sin más, todo segundo que vivían el uno al lado del otro lo disfrutaban al máximo. Con la vista puesta en el tiempo que les tocaría estar separados durante las vacaciones de verano, aprovecharon para estar todo el tiempo que pudieran juntos, riendo, disfrutando o simplemente mirándose tumbados en el suelo sin que nada de alrededor importase. Cuando llegaron las vacaciones y tuvieron que separarse, fue duro para ambos. Nunca habían estado tanto tiempo sin verse, sin poder disfrutar de los labios del otro, sin poder abrazarse ni notarse. A pesar de que la espera fue larga, al fin llegó lo que ambos deseaban. Iban a pasar 10 días juntos completamente, durmiendo como uno y viéndose todo lo que podían. El campamento fue increíble. Cruzarse en cada esquina. Buscarse en cualquier tiempo libre que tuvieran. Tumbarse juntos. Gozar juntos. Y cada mañana al despertar, mirar al otro y poder levantarse con una sonrisa que ocupaba toda la cara por haber estado una noche entera acurrucados juntos. Disfrutaron uno del otro todo lo que pudieron y, de vuelta a Madrid, en seguida echaron de menos el tenerse para dormir por la noche y verse nada más abrir los ojos por la mañana. A pesar de que el campamento lo habían deseado con todas sus fuerzas, el día más esperado se acercaba y la noche anterior, mientras él contemplaba como el reloj avanzaba hasta las 12 de la noche no podía parar de sonreír por todos los recuerdos que se agolpaban en su cabeza. Por la alegría que le causaba haber pasado aquel año increíble junto a la chica a la que amaba. Por la imagen de ella que seguía en su mente, perfecta. Por todo lo que la quería y la seguiría queriendo. Por todo lo que les quedaba por pasar juntos. Por ella. 00:00:00. Era feliz. Completamente feliz. 

domingo, 22 de marzo de 2015

EL RETRATO

Cogió su pincel. Se sentía inspirado. Comenzó como empezó todo: tímidamente. Apenas unos trazos se asomaron en el lienzo. Unas líneas vagas que podrían ser cualquier cosa. Pero no lo eran. Siguió contorneando la figura. Al cabo de un rato, al igual que en la realidad, la idea ya tenía forma. Ya la veía. Claro que sólo él era capaz de verla en ese esbozo pero iba por buen camino. Sus siguientes pinceladas se centraron en lo que se centró por primera vez. Sus labios. Mojó el pincel en un suave rosa y comenzó a dibujar aquellos labios. Carnosos, humedecidos, perfectos. Los dibujo abiertos, mostrando lo siguiente que iría a dibujar, su sonrisa. Esa sonrisa que era capaz de iluminar cualquier sala. Una sonrisa que, con tal de verla una vez al día, daría cualquier cosa. Después siguió con la nariz. Esa nariz con la que tantas veces había topado al besarla. La nariz que le gustaba morder y tocar con su propia nariz en un gesto de cariño. Y por fin, llegó a los ojos. El pincel se deslizó sobre un marrón oscuro, un marrón profundo. Aunque sabía que ni con todos los intentos del mundo lograría que su los ojos de su lienzo transmitieran lo que le transmitían los ojos de ella cuando los miraba, lo intento. Intento que esos ojos le hicieran sentir la persona más afortunada del mundo por devolverle la mirada. Intento que esos ojos transmitieran la vida y la energía que transmitían los de ella. Intento que esos ojos le dieran ganas de dejarse caer en ellos, perderse en su profundidad y no salir jamás. Pero por supuesto, esos ojos eran inigualables. Cuando hubo acabado la cara se centro en el pelo. Lo empezó a pintar, tal vez con un poco de malicia, tal vez como una indirecta, entrenzado. Aquellas trenzas que tantos suspiros le habían sacado al verlas de lejos. Aquellas trenzas que tantas veces había deshecho de la pasión que le desataba. Aquellas trenzas que hacían de su estomago un huracán. Aquellas trenzas. Al acabar con la cabeza, paso al cuello. Ese cuello infinito y perfecto por el que le encantaba deslizarse con su boca. Un cuello que pedía a gritos que lo llenasen de besos y de caricias. Un cuello suave y cálido que se removía juguetón cada vez que él le provocaba cosquillas. Siguió bajando por su cuerpo dentro de su cabeza mientras su pincel iba plasmando todas las cosas que no podía ni quería olvidar de ella. Sus pechos, tan sensibles y tentadores que cada vez que podía los trataba con el máximo cuidado y cariño. Su tripa, en la cual se había apoyado más de una vez y había besado a pesar de la de veces que ella repetía que le hacía cosquillas y parase. Pintó también, el piercing del ombligo, el cual recordaba con cariño todas las veces que había jugado con él. Siguió bajando y bajando por sus curvas, hasta llegar entre sus piernas. Con el pulso temblando, como cada vez que acercaba su mano entre ellas, comenzó a pintar. No era nada explicito ni nada exagerado. Si hubiera querido pintarlo de la manera que él lo veía hubiera tenido que utilizar colores que ni siquiera existían para que al verlo, se pudiera comprender, todo lo que le provocaba. Como al notarlo húmedo por él, su corazón se aceleraba. Como le encantaba notar los pequeños temblores que tenia ella cuando la acariciaba ahí. Como, la primera vez que se volvieron uno, pensó que aquella primera sensación solo podría haberla vivido con ella. Podría haber pintado todas las experiencias vividas juntos. Pero era imposible de pintar. Había que vivirlo. Continuó bajando por sus piernas. Esas piernas que le encantaba acariciar. Esas piernas que, aunque ella pusiera pegas por no haberse depilado, no quería soltar nunca. Recordó todas las veces que se sentaron juntos y ella puso una pierna encima de él. Recordó como en verano, apenas conociéndose el uno al otro, disfrutaba paseando por la pierna hasta llegar a los pantalones cortos y como, cuando se acababa el invierno y empezaba a hacer calor, deseaba que volviese a ponerse esos pantalones. Bajó hasta los pies y ahí, acabó. Se alejó de su obra unos cuantos pasos y la contempló. Ahí estaba. Ella. Ocupando el lienzo. Por supuesto le faltaban cosas. Le faltaban todos los besos que habían compartido. Todas las caricias. Todas las risas. Todos los enfados. Todas las lágrimas. Todas aquellas pequeñas cosas que hacían que no se fuese de su cabeza nunca. Sonrió. Contempló la sonrisa de su cuadro y su sonrisa se hizo mayor. Así era como él la veía. Sonriente. Feliz. Sexy. Llena de vida. Sintió las ganas de seguir contemplando ese cuadro toda la vida. Contemplarla a ella. No parar de mirarla y sonreír. Pero el cuadro no era ella. Feliz y deseoso de que ella pudiera verlo y viera todo lo que era ella era para él se dio la vuelta. Como siempre, su corazón se aceleró al verla dormida en su cama. Ahí estaba. Apenas cubierta por una sabana. Sonriendo. Se acercó a ella y la besó. A pesar de estar dormida, le devolvió el beso. Era una cosa que le volvía completamente loco. Como ella. Sintiéndose completamente realizado se tumbó junto a ella. Ella se acurrucó a su lado y le abrazó. Él la devolvió el abrazo y la contempló una última vez antes de cerrar los ojos y ver, ahora sí, en su total esplendor, su retrato de ella en la cabeza. Perfecta. Única. Suya.