domingo, 22 de marzo de 2015

EL RETRATO

Cogió su pincel. Se sentía inspirado. Comenzó como empezó todo: tímidamente. Apenas unos trazos se asomaron en el lienzo. Unas líneas vagas que podrían ser cualquier cosa. Pero no lo eran. Siguió contorneando la figura. Al cabo de un rato, al igual que en la realidad, la idea ya tenía forma. Ya la veía. Claro que sólo él era capaz de verla en ese esbozo pero iba por buen camino. Sus siguientes pinceladas se centraron en lo que se centró por primera vez. Sus labios. Mojó el pincel en un suave rosa y comenzó a dibujar aquellos labios. Carnosos, humedecidos, perfectos. Los dibujo abiertos, mostrando lo siguiente que iría a dibujar, su sonrisa. Esa sonrisa que era capaz de iluminar cualquier sala. Una sonrisa que, con tal de verla una vez al día, daría cualquier cosa. Después siguió con la nariz. Esa nariz con la que tantas veces había topado al besarla. La nariz que le gustaba morder y tocar con su propia nariz en un gesto de cariño. Y por fin, llegó a los ojos. El pincel se deslizó sobre un marrón oscuro, un marrón profundo. Aunque sabía que ni con todos los intentos del mundo lograría que su los ojos de su lienzo transmitieran lo que le transmitían los ojos de ella cuando los miraba, lo intento. Intento que esos ojos le hicieran sentir la persona más afortunada del mundo por devolverle la mirada. Intento que esos ojos transmitieran la vida y la energía que transmitían los de ella. Intento que esos ojos le dieran ganas de dejarse caer en ellos, perderse en su profundidad y no salir jamás. Pero por supuesto, esos ojos eran inigualables. Cuando hubo acabado la cara se centro en el pelo. Lo empezó a pintar, tal vez con un poco de malicia, tal vez como una indirecta, entrenzado. Aquellas trenzas que tantos suspiros le habían sacado al verlas de lejos. Aquellas trenzas que tantas veces había deshecho de la pasión que le desataba. Aquellas trenzas que hacían de su estomago un huracán. Aquellas trenzas. Al acabar con la cabeza, paso al cuello. Ese cuello infinito y perfecto por el que le encantaba deslizarse con su boca. Un cuello que pedía a gritos que lo llenasen de besos y de caricias. Un cuello suave y cálido que se removía juguetón cada vez que él le provocaba cosquillas. Siguió bajando por su cuerpo dentro de su cabeza mientras su pincel iba plasmando todas las cosas que no podía ni quería olvidar de ella. Sus pechos, tan sensibles y tentadores que cada vez que podía los trataba con el máximo cuidado y cariño. Su tripa, en la cual se había apoyado más de una vez y había besado a pesar de la de veces que ella repetía que le hacía cosquillas y parase. Pintó también, el piercing del ombligo, el cual recordaba con cariño todas las veces que había jugado con él. Siguió bajando y bajando por sus curvas, hasta llegar entre sus piernas. Con el pulso temblando, como cada vez que acercaba su mano entre ellas, comenzó a pintar. No era nada explicito ni nada exagerado. Si hubiera querido pintarlo de la manera que él lo veía hubiera tenido que utilizar colores que ni siquiera existían para que al verlo, se pudiera comprender, todo lo que le provocaba. Como al notarlo húmedo por él, su corazón se aceleraba. Como le encantaba notar los pequeños temblores que tenia ella cuando la acariciaba ahí. Como, la primera vez que se volvieron uno, pensó que aquella primera sensación solo podría haberla vivido con ella. Podría haber pintado todas las experiencias vividas juntos. Pero era imposible de pintar. Había que vivirlo. Continuó bajando por sus piernas. Esas piernas que le encantaba acariciar. Esas piernas que, aunque ella pusiera pegas por no haberse depilado, no quería soltar nunca. Recordó todas las veces que se sentaron juntos y ella puso una pierna encima de él. Recordó como en verano, apenas conociéndose el uno al otro, disfrutaba paseando por la pierna hasta llegar a los pantalones cortos y como, cuando se acababa el invierno y empezaba a hacer calor, deseaba que volviese a ponerse esos pantalones. Bajó hasta los pies y ahí, acabó. Se alejó de su obra unos cuantos pasos y la contempló. Ahí estaba. Ella. Ocupando el lienzo. Por supuesto le faltaban cosas. Le faltaban todos los besos que habían compartido. Todas las caricias. Todas las risas. Todos los enfados. Todas las lágrimas. Todas aquellas pequeñas cosas que hacían que no se fuese de su cabeza nunca. Sonrió. Contempló la sonrisa de su cuadro y su sonrisa se hizo mayor. Así era como él la veía. Sonriente. Feliz. Sexy. Llena de vida. Sintió las ganas de seguir contemplando ese cuadro toda la vida. Contemplarla a ella. No parar de mirarla y sonreír. Pero el cuadro no era ella. Feliz y deseoso de que ella pudiera verlo y viera todo lo que era ella era para él se dio la vuelta. Como siempre, su corazón se aceleró al verla dormida en su cama. Ahí estaba. Apenas cubierta por una sabana. Sonriendo. Se acercó a ella y la besó. A pesar de estar dormida, le devolvió el beso. Era una cosa que le volvía completamente loco. Como ella. Sintiéndose completamente realizado se tumbó junto a ella. Ella se acurrucó a su lado y le abrazó. Él la devolvió el abrazo y la contempló una última vez antes de cerrar los ojos y ver, ahora sí, en su total esplendor, su retrato de ella en la cabeza. Perfecta. Única. Suya. 

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