viernes, 8 de enero de 2016

EL BESO

Cuando notó el suave calor que emitían sus labios acercándose, volvió a sentir todo lo que sintió aquella primera vez. Sus manos empezaron a sudar, su corazón se aceleraba, sus labios se humedecieron y sus ojos comenzaron a cerrarse. Aunque la sensación ya era conocida nunca se cansaba de ella. La primera vez que la experimentó, aquella calurosa tarde en aquella terraza de bar, habiendo estado pensando en cómo sería desde hacía ya demasiado, supo que iba a hacerse adicto a aquella sensación, a aquel momento. Ese momento previo. Ese momento en que ambos saben lo que va a pasar, en que ambos están deseando lo que va a continuación pero que los dos quieren que dure. Y es que es en ese momento, en el que se ven las ganas de ambos. Como se agita la respiración, como ambos tienen cosquillas en el estomago, como sus corazones, previendo lo inevitable, comienzan a ir como locos. Él noto como un delicado suspiro surgía de ella, deseosa de que fuera él el que se acercase, el que culminara aquella espera. Pero él era tan adicto a ella como a sus suspiros. Mientras se deleitaba con aquel suspiro, sus manos, agarradas desde hacía un tiempo a la cintura de ella, la acercaron con un movimiento delicado pero seguro, reduciendo la distancia entre los dos únicamente a lo que ocupaban las ropas que llevaban. Notaba su cuerpo tan pegado que un escalofrío le recorrió la espalda como consecuencia del torrente de imágenes que asaltaron su cabeza de momentos pasados en que la ropa no era un impedimento para que la distancia fuese cero. Notaba sus pechos apoyados sobre su cuerpo, notaba sus piernas entre las de él, notaba sus cinturas pegadas. El corazón de ella, que tantas veces había notado acelerarse, volvía a hacerlo sin duda estimulado por la manera en que se unían para formar un nudo, inseparable, a la espera de que alguno se lanzara. Las manos de ella, tan suaves y delicadas, se paseaban por su cara y su cuello, acariciándolos, haciendo que unas suaves cosquillas apareciesen en su piel y la pusieran como de gallina, como tantas otras veces que él había sido objetivo de sus caricias, que le hacían relajarse y olvidarse de todo lo que le rodeaba. Manteniendo este momento durante lo que pareció una eternidad, él abrió los ojos. Allí estaba ella, mirándole fijamente, con esos ojos marrones que le volvían loco. Con esa mirada que lo decía todo sin tener que articular palabra. Con esa mirada que bastaba para hacer que él se derritiera y solo pudiera mirarlos fijamente. Le devolvió la mirada, sabiendo que, mirando a aquellos ojos, no tardaría en dejarse llevar. Esbozó una sonrisa torpe, ya que no podía parar de pensar en lo que vendría a continuación. Ella se la devolvió y, con esa sonrisa, supo que no podía resistir más. Cerró los ojos rápidamente y con un ligero movimiento de cabeza, unió suavemente y con toda la delicadeza que pudo sus labios a aquellos perfectos y carnosos labios que le hacían perder el control y le maravillaban. Y así, con todo esto en el pensamiento, la besó. Y entonces, en su cabeza, sólo quedo ella.

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