Cuando
notó el suave calor que emitían sus labios acercándose, volvió a sentir todo lo
que sintió aquella primera vez. Sus manos empezaron a sudar, su corazón se aceleraba,
sus labios se humedecieron y sus ojos comenzaron a cerrarse. Aunque la sensación
ya era conocida nunca se cansaba de ella. La primera vez que la experimentó, aquella
calurosa tarde en aquella terraza de bar, habiendo estado pensando en cómo
sería desde hacía ya demasiado, supo que iba a hacerse adicto a aquella sensación,
a aquel momento. Ese momento previo. Ese momento en que ambos saben lo que va a
pasar, en que ambos están deseando lo que va a continuación pero que los dos quieren
que dure. Y es que es en ese momento, en el que se ven las ganas de ambos. Como
se agita la respiración, como ambos tienen cosquillas en el estomago, como sus
corazones, previendo lo inevitable, comienzan a ir como locos. Él noto como un
delicado suspiro surgía de ella, deseosa de que fuera él el que se acercase, el
que culminara aquella espera. Pero él era tan adicto a ella como a sus
suspiros. Mientras se deleitaba con aquel suspiro, sus manos, agarradas desde hacía
un tiempo a la cintura de ella, la acercaron con un movimiento delicado pero
seguro, reduciendo la distancia entre los dos únicamente a lo que ocupaban las
ropas que llevaban. Notaba su cuerpo tan pegado que un escalofrío le recorrió
la espalda como consecuencia del torrente de imágenes que asaltaron su cabeza
de momentos pasados en que la ropa no era un impedimento para que la distancia
fuese cero. Notaba sus pechos apoyados sobre su cuerpo, notaba sus piernas
entre las de él, notaba sus cinturas pegadas. El corazón de ella, que tantas
veces había notado acelerarse, volvía a hacerlo sin duda estimulado por la
manera en que se unían para formar un nudo, inseparable, a la espera de que
alguno se lanzara. Las manos de ella, tan suaves y delicadas, se paseaban por
su cara y su cuello, acariciándolos, haciendo que unas suaves cosquillas
apareciesen en su piel y la pusieran como de gallina, como tantas otras veces
que él había sido objetivo de sus caricias, que le hacían relajarse y olvidarse
de todo lo que le rodeaba. Manteniendo este momento durante lo que pareció una
eternidad, él abrió los ojos. Allí estaba ella, mirándole fijamente, con esos
ojos marrones que le volvían loco. Con esa mirada que lo decía todo sin tener
que articular palabra. Con esa mirada que bastaba para hacer que él se
derritiera y solo pudiera mirarlos fijamente. Le devolvió la mirada, sabiendo
que, mirando a aquellos ojos, no tardaría en dejarse llevar. Esbozó una sonrisa
torpe, ya que no podía parar de pensar en lo que vendría a continuación. Ella se
la devolvió y, con esa sonrisa, supo que no podía resistir más. Cerró los ojos rápidamente
y con un ligero movimiento de cabeza, unió suavemente y con toda la delicadeza
que pudo sus labios a aquellos perfectos y carnosos labios que le hacían perder
el control y le maravillaban. Y así, con todo esto en el pensamiento, la besó. Y
entonces, en su cabeza, sólo quedo ella.
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