Odiaba conducir de noche. Lo aborrecía. Nunca le había gustado.
La gente de noche se comporta de maneras de las que nadie se puede fiar. Bien lo
sabía ella. Más de una vez había tenido que lidiar con algún borracho o colgado
al que la noche le vuelve completamente salvaje. Aun así, era necesario
conducir. Mientras le daba pequeños sorbos al café que apoyaba en el asiento
del copiloto, dejó que su mente vagara. Le encantaba abstraerse. Últimamente pensaba
mucho en su niñez. No había sido una infancia difícil. Tenía una familia que la
quería e incluso ese perro cariñoso con el que muchas niñas de 10 años sueñan. En
el colegio tenía amigas e incluso, conforme avanzaron los años, llegó a echarse
novio formal. Pensó en su viaje de fin de curso y en las lágrimas que
derramaban todas las amigas al pensar que no volverían a verse. Mantendremos el
contacto, decían. Mentira. Todo. Nunca volvió a saber de ellas. La verdad es
que se preguntaba como habrían acabado sus compañeros de instituto. Si alguno habrá
salido a adelante y habrá cumplido sus sueños. El pitido de un coche al pasar a
su lado la saca del trance y se obliga a beber más café. Esta noche será larga.
Mientras acaricia la foto de su hija que lleva en el
salpicadero también piensa en ella. Se despidió de ella hará una hora escasa. Un
suave beso en su frente. Todo esto lo hacía por ella. Todo. Ella era su sostén.
Su alegría contagiosa, sus ojitos azules y su cabello castaño. La verdad es que
era una niña muy guapa. Volvió a abstraerse esta vez pensando en su padre. La verdad
es que ella le amaba. Mucho. Todavía seguía amándole. Pero se precipitaron. Ambos
lo sabían. Nadie se casa tan temprano ni siquiera por amor, pero no les
importaba. Saldremos adelante decían. Mentira. Todo. Tan pronto él se hartó de
ella, ella también se hartó de él. Se quedó sola con una niña de un año,
mientras él, por lo último que había oído se dio a la bebida. Aunque tampoco la
sorprendía. Ya era un bebedor en la universidad. La universidad. Casi parecía que
había sido ayer. Allí donde te prometían un trabajo prometedor y una formación.
Mentira. Todo. Por eso se veía obligada a conducir a las doce de la noche.
Entró al aparcamiento de la parte de atrás. El de delante es
para los clientes, decía siempre el jefe. Una vez, recordó, una compañera nueva
aparcó en el de delante y el jefe se enfadó mucho. La dejó sin sueldo durante
un mes. A nadie le pareció justo, ya que era nueva, pero nadie protestó. El ruido del motor al apagarse es débil. Este coche
no durará mucho, se dijo. Salió del coche tapándose con el abrigo. Hacía mucho
frio fuera. Mucho. Llamó a la puerta y el portero le abrió. Entró y pasó a
dejar sus cosas en la taquilla. Su jefe se asomó por el marco de la puerta y le
dijo que se diera prisa. Mientras se ponía el uniforme, dejó que su mente
volviera a vagar. Esta vez pensaba en sus padres. Hacía mucho que no hablaba
con ellos. Ni siquiera conocían a su nieta. Los abandonó para irse con él y no había
vuelto a mantener el contacto con ellos. Y ya hacía 6 años de aquello. Puede que
incluso estuvieran muertos. Se obligó a apartar ese pensamiento de la cabeza y encendió
un pitillo. El sabor del humo le sacó del trance del todo. Mientras terminaba
de vestirse, miraba como las volutas de humo se elevaban con unos movimientos
que bien podrían ser de una danza exótica. Algo tan bello y tan dañino. Se le
escapaba de la cabeza. A menudo lo bello y hermoso es lo que más daño hace. Que
se lo digan a ella. Miró el reloj. Le quedaban 10 minutos. Se miró en el
espejo. Todo esto lo haces por ella, se repitió. Por su futuro.
Mientras se colocaba en el umbral de la puerta de salida
repasó todo lo que había pensado esa noche. El colegio, sus amigas, él, su hija
y sus padres. Ahora se veía ajena a todo eso. Era una simple sombra. Al oír su
nombre anunciado tomó aire y atravesó la puerta. Y mientras se agarraba a la
barra e iniciaba el baile que hacia todas las noches y observaba a aquellos
ojos lujuriosos que como estrellas la observaban, alejó todo pensamiento y se
dejó llevar.
me ha gustado mucho
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