Cuando
notó el suave calor que emitían sus labios acercándose, volvió a sentir todo lo
que sintió aquella primera vez. Sus manos empezaron a sudar, su corazón se aceleraba,
sus labios se humedecieron y sus ojos comenzaron a cerrarse. Aunque la sensación
ya era conocida nunca se cansaba de ella. La primera vez que la experimentó, aquella
calurosa tarde en aquella terraza de bar, habiendo estado pensando en cómo
sería desde hacía ya demasiado, supo que iba a hacerse adicto a aquella sensación,
a aquel momento. Ese momento previo. Ese momento en que ambos saben lo que va a
pasar, en que ambos están deseando lo que va a continuación pero que los dos quieren
que dure. Y es que es en ese momento, en el que se ven las ganas de ambos. Como
se agita la respiración, como ambos tienen cosquillas en el estomago, como sus
corazones, previendo lo inevitable, comienzan a ir como locos. Él noto como un
delicado suspiro surgía de ella, deseosa de que fuera él el que se acercase, el
que culminara aquella espera. Pero él era tan adicto a ella como a sus
suspiros. Mientras se deleitaba con aquel suspiro, sus manos, agarradas desde hacía
un tiempo a la cintura de ella, la acercaron con un movimiento delicado pero
seguro, reduciendo la distancia entre los dos únicamente a lo que ocupaban las
ropas que llevaban. Notaba su cuerpo tan pegado que un escalofrío le recorrió
la espalda como consecuencia del torrente de imágenes que asaltaron su cabeza
de momentos pasados en que la ropa no era un impedimento para que la distancia
fuese cero. Notaba sus pechos apoyados sobre su cuerpo, notaba sus piernas
entre las de él, notaba sus cinturas pegadas. El corazón de ella, que tantas
veces había notado acelerarse, volvía a hacerlo sin duda estimulado por la
manera en que se unían para formar un nudo, inseparable, a la espera de que
alguno se lanzara. Las manos de ella, tan suaves y delicadas, se paseaban por
su cara y su cuello, acariciándolos, haciendo que unas suaves cosquillas
apareciesen en su piel y la pusieran como de gallina, como tantas otras veces
que él había sido objetivo de sus caricias, que le hacían relajarse y olvidarse
de todo lo que le rodeaba. Manteniendo este momento durante lo que pareció una
eternidad, él abrió los ojos. Allí estaba ella, mirándole fijamente, con esos
ojos marrones que le volvían loco. Con esa mirada que lo decía todo sin tener
que articular palabra. Con esa mirada que bastaba para hacer que él se
derritiera y solo pudiera mirarlos fijamente. Le devolvió la mirada, sabiendo
que, mirando a aquellos ojos, no tardaría en dejarse llevar. Esbozó una sonrisa
torpe, ya que no podía parar de pensar en lo que vendría a continuación. Ella se
la devolvió y, con esa sonrisa, supo que no podía resistir más. Cerró los ojos rápidamente
y con un ligero movimiento de cabeza, unió suavemente y con toda la delicadeza
que pudo sus labios a aquellos perfectos y carnosos labios que le hacían perder
el control y le maravillaban. Y así, con todo esto en el pensamiento, la besó. Y
entonces, en su cabeza, sólo quedo ella.
Carlos Alvarez'z
viernes, 8 de enero de 2016
lunes, 3 de agosto de 2015
EL AÑO
Llevaba mirando el reloj 5
minutos seguidos. 23:59:56, 23:59:57, 23:59:58, 23:59:59, 00:00:00. 2 de Agosto
de 2015. Un año. Sonrió. Un año. Un año increíble. Parecía que había sido hace
nada. Recordaba perfectamente todo lo que había pasado hace un año. Los
nervios, las ganas de verla, los mil pensamientos que pasaban por su cabeza
antes de besarla y, sobretodo, el beso. Ese beso. Ese beso por el que tanto
habían luchado. Ese beso que significaba tanto. Ese beso que quedaría
grabado en las cabezas de los dos. Ese beso que se repetiría una y otra vez
durante un año sin parar. El primer beso. Todo lo anterior a aquel beso no
había sido del todo fácil. La indecisión de él, la frustración de ella, la
atracción que se notaba pero no se satisfacía. Pero todo arregló con aquel
primer beso. También recordaba perfectamente lo que siguió al beso. El abrazo.
La sonrisa. La desconexión de todo lo demás. El pensamiento de satisfacción. De
gozo. Todo por saber que aquella chica que ocupaba su cabeza todo el rato
también le tenía a él en la suya. Las primeras palabras de ella que le hicieron
sonreír y darse cuenta de lo bobo que había sido: "Te he odiado
tanto". El abrazo, aun más fuerte que siguió a esas palabras. Después de
eso, cuando ella se fue al baño, él se sintió con ganas de gritarlo a pleno
pulmón. No podía parar de sonreír. Las manos le temblaban al coger la jarra de
cerveza. Pero nada importaba. Se habían besado. El resto era oscuro. Solo ella
brillaba. Las semanas que siguieron a aquel beso fueron geniales. No podían parar
de verse. De besarse. Los mínimos gestos que tenían era increíbles solo por
tenerlos el uno con el otro. Darse las buenas noches. El cómo vas, que tal, y
otras preguntas que demostraban que no podían estar mucho tiempo separados.
Tras esto llegó la primera noche que durmieron juntos. El recordaba los
nervios, la alegría de tumbarse a su lado, las ganas de cubrirla de besos. Con
esa noche juntos llegó lo que tanto tiempo había tenido atascado dentro de él.
En aquel momento sintió que no podía aguantarlo más. Tenía que decirlo. En ello
iba todo lo que sentía por ella, todo lo que ella le provocaba, todo lo que la
deseaba. El primer te quiero. Recordaba también el temblor que le siguió por la
alegría, la emoción de haberlo dicho. Pero era cierto. La quería. La quería
como nunca había querido a nadie. Y sabía que la seguiría queriendo durante
mucho tiempo. Los meses siguieron pasando y, aunque él la lió un par de veces
por ser demasiado obstinado y cerrado a lo que siguió el primer llanto,
siguieron juntos y queriéndose. Con esto llego la primera vez que se tocaron.
Fue de forma natural, nada planeado, simplemente fueron las ganas que se tenían
el uno al otro. Recordaba como ella se estremecía. Como él se maravillaba con
las caras que ella ponía. Como disfrutaron ambos. Para él, la primera vez. Para
ella, la primera vez con él. Para ambos, completamente especial. Recordaba como
su cabeza no paraba después de haber acabado. Como la gente le había dicho
después que iba iluminando la calle con la sonrisa que llevaba encima. Como
empezó a volverse adicto a sus gemidos, a sus olores. Como, cada vez que podían
volvían a hacerlo. Y como, cada vez que lo hacían era genial y único. Pasaban las
semanas y ellos intentaban verse todo lo que podían. A pesar de estar locos el
uno por el otro, tuvieron una pelea. Todo fue porque ambos estaban confundidos.
Para él fue muy difícil lograr decirla lo que sentía, lo que ella le provocaba
y lo que quería darle. Quería darle todo. Quería que fuese ella. No podía
ser nadie más. Y por fin llegó el día. Recordaba los nervios. El temblor. La
torpeza. Pero también la complicidad y el cariño con que ella le trató.
Recordaba todo lo que había sucedido. Cuando acabaron, no había manera de
explicarlo. Solo tenía ganas de abrazarla y no soltarla. De quedarse junto a
ella, tumbados, mirándose, queriéndose. Los meses siguieron pasando. Tuvieron 4
días para ellos solos. 24 horas juntos durante esos 4 días. 4 días de
caricias, de quererse, de miradas de deseo y cariño y de volverse uno siempre
que podían. Empezaron un nuevo año juntos. Un mes después fue el
cumpleaños de ella. Recordaba los nervios para escoger regalo para ella. La
indecisión de que nada era suficiente. También recordaba la ilusión con que la
felicitó. El cariño con que la trato cuando ella estaba mal. El amor que la
tenía. Los días siguieron pasando y el amor entre ambos crecía y crecía. A pesar de la situación en la que estaba
ella, de tristeza y dolor, él no se apartó de su lado. Siguió apoyándola e
intentando estar con ella todo lo que podía. A pesar de que todas las historias
de amor sean muy bonitas y felices todo el rato, en la vida no siempre es así. A
pesar de llevar ya 7 meses juntos, las cosas empezaron a ir mal. Las tonterías que
a él se le pasaron por la cabeza fueron la causa de todo. No era capaz de ver
todo lo que le hacía sentir a ella. Ella, triste, no podía soportar que él
estuviera tan ciego y esto casi les destruye. Pero, el amor que ambos se tenían
al final fue lo que acabó por vencer sobre todas las cosas. Fue difícil y muy
duro para ambos pero lograron salir adelante. Tras esto, volvieron a quererse
como nunca antes, mucho más fuerte y mucho más seguros de que lo que había
entre ellos era genial, único e increíble. Pero aunque todo fuera bien entre
ellos, ella tuvo un duro golpe en su vida. Él no se apartó de su lado, dándole su
apoyo, su amor, todo lo que tenía. Poco a poco, las semanas siguieron pasando y
ambos seguían queriéndose, volviéndose uno, disfrutando uno del otro todo lo
que podían. Poco después llego el cumpleaños de él y ella, con todo el amor que
le tenía le hizo un cuento. Un cuento que relataba el amor de dos seres, de
todo lo que habían pasado, un cuento que a él le fascinó y que leía siempre que
podía y guardaba con todo el cariño del mundo. Las semanas siguieron pasando y,
aunque la época de exámenes se acercaba para ambos, esto no les impedía verse
siempre que podían. Aunque fueran 10 minutos juntos de trayecto en el bus o una
mañana enteros juntos tumbados sin más, todo segundo que vivían el uno al lado
del otro lo disfrutaban al máximo. Con la vista puesta en el tiempo que les
tocaría estar separados durante las vacaciones de verano, aprovecharon para
estar todo el tiempo que pudieran juntos, riendo, disfrutando o simplemente mirándose
tumbados en el suelo sin que nada de alrededor importase. Cuando llegaron las
vacaciones y tuvieron que separarse, fue duro para ambos. Nunca habían estado
tanto tiempo sin verse, sin poder disfrutar de los labios del otro, sin poder
abrazarse ni notarse. A pesar de que la espera fue larga, al fin llegó lo que
ambos deseaban. Iban a pasar 10 días juntos completamente, durmiendo como uno y
viéndose todo lo que podían. El campamento fue increíble. Cruzarse en cada
esquina. Buscarse en cualquier tiempo libre que tuvieran. Tumbarse juntos. Gozar
juntos. Y cada mañana al despertar, mirar al otro y poder levantarse con una
sonrisa que ocupaba toda la cara por haber estado una noche entera acurrucados
juntos. Disfrutaron uno del otro todo lo que pudieron y, de vuelta a Madrid, en
seguida echaron de menos el tenerse para dormir por la noche y verse nada más
abrir los ojos por la mañana. A pesar de que el campamento lo habían deseado
con todas sus fuerzas, el día más esperado se acercaba y la noche anterior,
mientras él contemplaba como el reloj avanzaba hasta las 12 de la noche no
podía parar de sonreír por todos los recuerdos que se agolpaban en su cabeza. Por
la alegría que le causaba haber pasado aquel año increíble junto a la chica a
la que amaba. Por la imagen de ella que seguía en su mente, perfecta. Por todo
lo que la quería y la seguiría queriendo. Por todo lo que les quedaba por pasar
juntos. Por ella. 00:00:00. Era feliz. Completamente feliz.
domingo, 22 de marzo de 2015
EL RETRATO
Cogió su pincel. Se sentía inspirado. Comenzó como empezó
todo: tímidamente. Apenas unos trazos se asomaron en el lienzo. Unas líneas vagas
que podrían ser cualquier cosa. Pero no lo eran. Siguió contorneando la figura.
Al cabo de un rato, al igual que en la realidad, la idea ya tenía forma. Ya la veía.
Claro que sólo él era capaz de verla en ese esbozo pero iba por buen camino. Sus
siguientes pinceladas se centraron en lo que se centró por primera vez. Sus
labios. Mojó el pincel en un suave rosa y comenzó a dibujar aquellos labios.
Carnosos, humedecidos, perfectos. Los dibujo abiertos, mostrando lo siguiente
que iría a dibujar, su sonrisa. Esa sonrisa que era capaz de iluminar cualquier
sala. Una sonrisa que, con tal de verla una vez al día, daría cualquier cosa. Después
siguió con la nariz. Esa nariz con la que tantas veces había topado al besarla.
La nariz que le gustaba morder y tocar con su propia nariz en un gesto de
cariño. Y por fin, llegó a los ojos. El pincel se deslizó sobre un marrón
oscuro, un marrón profundo. Aunque sabía que ni con todos los intentos del
mundo lograría que su los ojos de su lienzo transmitieran lo que le transmitían
los ojos de ella cuando los miraba, lo intento. Intento que esos ojos le
hicieran sentir la persona más afortunada del mundo por devolverle la mirada.
Intento que esos ojos transmitieran la vida y la energía que transmitían los de
ella. Intento que esos ojos le dieran ganas de dejarse caer en ellos, perderse
en su profundidad y no salir jamás. Pero por supuesto, esos ojos eran
inigualables. Cuando hubo acabado la cara se centro en el pelo. Lo empezó a
pintar, tal vez con un poco de malicia, tal vez como una indirecta, entrenzado.
Aquellas trenzas que tantos suspiros le habían sacado al verlas de lejos.
Aquellas trenzas que tantas veces había deshecho de la pasión que le desataba.
Aquellas trenzas que hacían de su estomago un huracán. Aquellas trenzas. Al acabar
con la cabeza, paso al cuello. Ese cuello infinito y perfecto por el que le
encantaba deslizarse con su boca. Un cuello que pedía a gritos que lo llenasen
de besos y de caricias. Un cuello suave y cálido que se removía juguetón cada
vez que él le provocaba cosquillas. Siguió bajando por su cuerpo dentro de su
cabeza mientras su pincel iba plasmando todas las cosas que no podía ni quería olvidar
de ella. Sus pechos, tan sensibles y tentadores que cada vez que podía los
trataba con el máximo cuidado y cariño. Su tripa, en la cual se había apoyado
más de una vez y había besado a pesar de la de veces que ella repetía que le hacía
cosquillas y parase. Pintó también, el piercing del ombligo, el cual recordaba
con cariño todas las veces que había jugado con él. Siguió bajando y bajando
por sus curvas, hasta llegar entre sus piernas. Con el pulso temblando, como
cada vez que acercaba su mano entre ellas, comenzó a pintar. No era nada
explicito ni nada exagerado. Si hubiera querido pintarlo de la manera que él lo
veía hubiera tenido que utilizar colores que ni siquiera existían para que al
verlo, se pudiera comprender, todo lo que le provocaba. Como al notarlo húmedo
por él, su corazón se aceleraba. Como le encantaba notar los pequeños temblores
que tenia ella cuando la acariciaba ahí. Como, la primera vez que se volvieron
uno, pensó que aquella primera sensación solo podría haberla vivido con ella. Podría
haber pintado todas las experiencias vividas juntos. Pero era imposible de
pintar. Había que vivirlo. Continuó bajando por sus piernas. Esas piernas que
le encantaba acariciar. Esas piernas que, aunque ella pusiera pegas por no
haberse depilado, no quería soltar nunca. Recordó todas las veces que se
sentaron juntos y ella puso una pierna encima de él. Recordó como en verano,
apenas conociéndose el uno al otro, disfrutaba paseando por la pierna hasta
llegar a los pantalones cortos y como, cuando se acababa el invierno y empezaba
a hacer calor, deseaba que volviese a ponerse esos pantalones. Bajó hasta los
pies y ahí, acabó. Se alejó de su obra unos cuantos pasos y la contempló. Ahí estaba.
Ella. Ocupando el lienzo. Por supuesto le faltaban cosas. Le faltaban todos los
besos que habían compartido. Todas las caricias. Todas las risas. Todos los
enfados. Todas las lágrimas. Todas aquellas pequeñas cosas que hacían que no se
fuese de su cabeza nunca. Sonrió. Contempló la sonrisa de su cuadro y su
sonrisa se hizo mayor. Así era como él la veía. Sonriente. Feliz. Sexy. Llena
de vida. Sintió las ganas de seguir contemplando ese cuadro toda la vida.
Contemplarla a ella. No parar de mirarla y sonreír. Pero el cuadro no era ella.
Feliz y deseoso de que ella pudiera verlo y viera todo lo que era ella era para
él se dio la vuelta. Como siempre, su corazón se aceleró al verla dormida en su
cama. Ahí estaba. Apenas cubierta por una sabana. Sonriendo. Se acercó a ella y
la besó. A pesar de estar dormida, le devolvió el beso. Era una cosa que le
volvía completamente loco. Como ella. Sintiéndose completamente realizado se
tumbó junto a ella. Ella se acurrucó a su lado y le abrazó. Él la devolvió el
abrazo y la contempló una última vez antes de cerrar los ojos y ver, ahora sí,
en su total esplendor, su retrato de ella en la cabeza. Perfecta. Única. Suya.
miércoles, 6 de febrero de 2013
PÁJAROS
El ruido de los pájaros en la ventana le despertó. El sabor
a vomito en la boca fue lo primero que noto. No le extraño, desde hacía un mes,
todas sus mañanas eran iguales. A pesar de la fuerte migraña que sufría, tentó
a abrir los ojos. A su alrededor, la mugrienta habitación de motel, comenzó a
tomar forma. A tientas buscó la caja de cigarrillos que él sabía que estaba en
la mesilla. Cogió uno y lo encendió. La primera calada le resultó
revitalizante. El ansia de fumarlo disminuía con cada nuevo trago de humo.
Contemplo durante un rato el humo subiendo, trazando figuras que parecían bailar
y desaparecer al tocar el techo de la habitación. Al mirar alrededor, observó
todo el desastre de la noche anterior. Botellas tiradas, vomito en una esquina,
una silla rota y una marca de quemado en una de las paredes, lo que le costaría
más alquiler. Renegándose a encontrar los recuerdos de la noche anterior en la
memoria, intento levantarse. Pero pronto, notó que una ola de ansia y deseo le envolvía
nada más poner el primer pie en el suelo. Rápidamente, se puso a buscar el
objeto de su deseo. Debajo de la cama, en la alfombra, tras los restos de la
silla, en el baño, pero no lo encontraba. Empezando a desesperarse lo revolvió
todo como un animal. Tras siete minutos de búsqueda y sudores fríos, al fin lo
encontró. Debajo de la camiseta que llevaba la noche anterior, estaba la
pequeña bolsa. Tambaleándose hacia la cama de nuevo, recogió los materiales para
su pequeño vicio. Lo colocó todo de forma ordenada sobre la bandeja que no tenía
otra finalidad que aquella. Coloco el material encima de la cuchara. Mientras
se calentaba, empezó a imaginar cómo sería aquella vez. Casi siempre era igual
pero alguna vez le había sorprendido con un efecto mucho mejor del que se
esperaba. Tras absorberlo todo con la jeringuilla, se anudo el brazo. Esa era
la parte que menos le gustaba. El brazo le recordaba a sí mismo, indefenso,
atrapado ante un cinturón que no era otro que la debilidad, la debilidad ante
una droga que le había quitado todo, desde el empleo, hasta su familia. Una
droga que le había hecho robar y engañar simplemente para poder conseguir un poco
más. Una droga que había hecho de él un vago borrón de lo que era antes, un muñón
humano desesperado por otro chute. Al notar la vena del brazo y aglomerando
todos esos pensamientos una vez más en la cabeza, juntos en una pelota, se
pinchó. A medida que la mezcla bajaba por la jeringa hasta su cuerpo, a formar
parte de él y esa maravillosa sensación se apoderaba de él otra vez, disfrutó
de la mejor parte de aquello: notar como esa pelota de preocupaciones, desaparecía
durante un tiempo, dejándole solo, aislado de la realidad, notando como el
ruido de los pájaros hacia eco en su cabeza.
miércoles, 21 de marzo de 2012
NOCHE
Odiaba conducir de noche. Lo aborrecía. Nunca le había gustado.
La gente de noche se comporta de maneras de las que nadie se puede fiar. Bien lo
sabía ella. Más de una vez había tenido que lidiar con algún borracho o colgado
al que la noche le vuelve completamente salvaje. Aun así, era necesario
conducir. Mientras le daba pequeños sorbos al café que apoyaba en el asiento
del copiloto, dejó que su mente vagara. Le encantaba abstraerse. Últimamente pensaba
mucho en su niñez. No había sido una infancia difícil. Tenía una familia que la
quería e incluso ese perro cariñoso con el que muchas niñas de 10 años sueñan. En
el colegio tenía amigas e incluso, conforme avanzaron los años, llegó a echarse
novio formal. Pensó en su viaje de fin de curso y en las lágrimas que
derramaban todas las amigas al pensar que no volverían a verse. Mantendremos el
contacto, decían. Mentira. Todo. Nunca volvió a saber de ellas. La verdad es
que se preguntaba como habrían acabado sus compañeros de instituto. Si alguno habrá
salido a adelante y habrá cumplido sus sueños. El pitido de un coche al pasar a
su lado la saca del trance y se obliga a beber más café. Esta noche será larga.
Mientras acaricia la foto de su hija que lleva en el
salpicadero también piensa en ella. Se despidió de ella hará una hora escasa. Un
suave beso en su frente. Todo esto lo hacía por ella. Todo. Ella era su sostén.
Su alegría contagiosa, sus ojitos azules y su cabello castaño. La verdad es que
era una niña muy guapa. Volvió a abstraerse esta vez pensando en su padre. La verdad
es que ella le amaba. Mucho. Todavía seguía amándole. Pero se precipitaron. Ambos
lo sabían. Nadie se casa tan temprano ni siquiera por amor, pero no les
importaba. Saldremos adelante decían. Mentira. Todo. Tan pronto él se hartó de
ella, ella también se hartó de él. Se quedó sola con una niña de un año,
mientras él, por lo último que había oído se dio a la bebida. Aunque tampoco la
sorprendía. Ya era un bebedor en la universidad. La universidad. Casi parecía que
había sido ayer. Allí donde te prometían un trabajo prometedor y una formación.
Mentira. Todo. Por eso se veía obligada a conducir a las doce de la noche.
Entró al aparcamiento de la parte de atrás. El de delante es
para los clientes, decía siempre el jefe. Una vez, recordó, una compañera nueva
aparcó en el de delante y el jefe se enfadó mucho. La dejó sin sueldo durante
un mes. A nadie le pareció justo, ya que era nueva, pero nadie protestó. El ruido del motor al apagarse es débil. Este coche
no durará mucho, se dijo. Salió del coche tapándose con el abrigo. Hacía mucho
frio fuera. Mucho. Llamó a la puerta y el portero le abrió. Entró y pasó a
dejar sus cosas en la taquilla. Su jefe se asomó por el marco de la puerta y le
dijo que se diera prisa. Mientras se ponía el uniforme, dejó que su mente
volviera a vagar. Esta vez pensaba en sus padres. Hacía mucho que no hablaba
con ellos. Ni siquiera conocían a su nieta. Los abandonó para irse con él y no había
vuelto a mantener el contacto con ellos. Y ya hacía 6 años de aquello. Puede que
incluso estuvieran muertos. Se obligó a apartar ese pensamiento de la cabeza y encendió
un pitillo. El sabor del humo le sacó del trance del todo. Mientras terminaba
de vestirse, miraba como las volutas de humo se elevaban con unos movimientos
que bien podrían ser de una danza exótica. Algo tan bello y tan dañino. Se le
escapaba de la cabeza. A menudo lo bello y hermoso es lo que más daño hace. Que
se lo digan a ella. Miró el reloj. Le quedaban 10 minutos. Se miró en el
espejo. Todo esto lo haces por ella, se repitió. Por su futuro.
Mientras se colocaba en el umbral de la puerta de salida
repasó todo lo que había pensado esa noche. El colegio, sus amigas, él, su hija
y sus padres. Ahora se veía ajena a todo eso. Era una simple sombra. Al oír su
nombre anunciado tomó aire y atravesó la puerta. Y mientras se agarraba a la
barra e iniciaba el baile que hacia todas las noches y observaba a aquellos
ojos lujuriosos que como estrellas la observaban, alejó todo pensamiento y se
dejó llevar.
jueves, 15 de marzo de 2012
CINCO
Isaac se despertó con el sonido de su ruidoso despertador como cada mañana. Como cada mañana se levantó, se lavó y fue a la cocina. Como cada mañana se calentó el café barato que su sueldo le permitía comprar y cogió cinco galletas para desayunar. Después como cada mañana se lavo los dientes por orden de derecha a izquierda y se vistió con aquel traje gris y esa corbata negra que se ponía todas las mañanas. Tras este ritual tedioso y repetitivo que dominaba su vida, salió de casa. El ascensor se paró en el quinto piso y subió la vecina. La vecina. Iba con un vestido rojo impresionante, con un escote que era imposible dejar de mirar. Olía a vainilla y sus labios tenían un color carmín como si hubiera desayunado sangre. Le saludó con un tímido hola y sepuso a mirarse en el espejo. Isaac la miraba atónito. Se imagino a si mismo cogiéndola de la cintura y besándola apasionadamente, acariciando su pelo rubio y sus delicados pechos. El pitido del ascensor le saco de su fantasía. Le abrió la puerta como un caballero y ella le dedico una juguetona sonrisa. Esa sonrisa le golpeó como una ola de agua helada. Se quedo mirándola aturdido mientras ella salía del edificio. ¿Qué significaba esa sonrisa? ¿A cuento de qué venia? Él no tenía mucha experiencia con mujeres pero estaba seguro de que esa sonrisa significaba algo. Mientras se agarraba a la argolla del autobús que se zarandeaba calle abajo pensaba en esa sonrisa. Mientras tecleaba en su ordenador las órdenes de las finanzas del día pensaba en esa sonrisa. Mientras comía en la cafetería con sus compañeros pensaba en esa sonrisa. No paraba de darle vueltas. ¿Qué quería ella? ¿Qué debía hacer? Entre la multitud de opciones que se pasaron por su cabeza alfinal optó por la más lógica y sensata. Iría a su apartamento, llamaría a lapuerta y le contaría todo lo que sentía. Si. Sería lo mejor. Tras salir del trabajo estaba más que seguro sobre la opción que había tomado. Durante la vuelta a casa se iba auto convenciendo de que su idea no podía fallar, lo tenía todo a su favor. Al llegar al edificio estaba completamente seguro de sí mismo.Subió por las escaleras de tres en tres escalones, con una felicidad inmensa. Al pasar por su piso no se paró a dejar sus cosas, simplemente siguió subiendo. Finalmente llego a la puerta de su vecina. Tomó aire. Tragó saliva. Y llamó dos veces. Mientras repasaba mentalmente lo que debía decir oyó como se acercaban a la puerta. También oyó como corrían el cerrojo. Por ultimo oyó como giraba el pomo y se abría la puerta. Pero no era su vecina la que estaba en el umbral. No. Era un hombre. Un hombre conocido. Era otro vecino. El del sótano para ser exactos. El gordo,sucio y maleducado vecino del sótano. Era él. En calzoncillos y camiseta interior.El vecino le preguntó qué quería. Isaac no oyó nada. De lejos se oía a su vecina preguntar quién era. Isaac no oyó nada. Isaac cogió su maletín y se dio la vuelta, bajó las escaleras en silencio. Al llegar a su piso, sacó las llaves, abrió la puerta y entró. Nada tenía sentido. Se sentó en la cama y empezó a pensar. ¿Qué había pasado? ¿Por qué? ¿Acaso su vecina estaba jugando con él? No entendía nada. Por más que le daba vueltas, no lo entendía. Durante las dos horas que estuvo en la cama pensando no tuvo éxito en comprender que estaba pasando. Hasta que algo en su cabeza cambió. Es lo mejor, pensó. Fue a la cocina y después salió del apartamento. Mientras subía las escaleras nada le atormentaba. Estaba seguro de lo que iba a hacer. No temía nada. Era perfecto,seguro, sin fisuras. Su cabeza le hablaba, aconsejándole, mimándole, haciéndole ver que tenía razón. No había otra manera. Al llegar al piso de la vecina el frio tacto del cuchillo que escondía en su manga no era sino una leve percepción frente a la cantidad de sentimientos a los que en ese momento hacia frente. Se paró delante de la puerta. Volvió a llamar. Una vez. Un golpe seco. Su vecino volvió a abrir la puerta. El impacto del cuchillo contra su cabeza le sacudióel brazo. Golpeó otra vez, y otra, y otra. Cuando acabó se sintió limpio y fresco a pesar de estar salpicado por flores de sangre. Entró en el piso y cerróla puerta detrás de él. Avanzó por el pasillo hasta la habitación donde provenía la voz. Esa suave voz. Cuando entró en la habitación ella se quedó sorprendida.Cuando vio las manchas carmesís en su camisa y en su cara se quedó más sorprendida. Cuando vio el cuchillo goteante en su mano derecha la sorpresa dio paso a la comprensión y al terror. Gritó. Pero a Isaac no le importaba. Aquello estaba bien. Era bueno.Para ambos. El cuchillo se hundió en su carne como si de mantequilla se tratara. Una vez, y otra, y otra. Al acabar las sabanas parecían un mar rojo donde ella descansaba. Isaac tomó aire. Dejó el cuchillo en el suelo y se dirigió al baño. Se lavó la cara y las manos. Después se dirigió de nuevo a la habitación. Allí, abrió la ventana, y se asomó. El viento fresco de la noche le acaricio. Miró hacia abajo. El vacio parecía llamarle. Se subió al borde la ventana. Echo un último vistazo a la habitación, al cuchillo, a ella. Después se dejó tragar por la oscuridad. El pitido del ascensor le sacó del trance. Al salir del ascensor, él como buen caballero le abrió la puerta a su vecina y ella le dirigió una sonrisa. La sonrisa.
domingo, 11 de marzo de 2012
HISTORIAS
Hace poco descubrí una carpeta en el ordenador que tenía muchas historias que escribí hace algún tiempo y la verdad es que echo de menos escribir así que adaptándome a las nuevas tecnologías empezare a llevar un blog con historias variadas para entretenerme a mi y a los que me lean.
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